La princesa del mar
- Joanna Ruvalcaba

- 9 mar 2022
- 6 Min. de lectura
Bajo la tétrica luz de la Luna, bajó a la costa un príncipe de triste corazón. Ahí, arrodillado frente al impetuoso mar, rogó por encontrar el amor. Para su sorpresa, una voz grave le respondió desde las profundidades del océano. Las aguas giraron hasta formar un oscuro túnel que descendía.
El príncipe, armándose de valor, siguió el camino hasta una cueva de coral negro donde un hombre de apariencia imponente, a quien reconoció como el dios de los mares, lo recibió. Él conocía desde hacía tiempo la soledad del príncipe y decidió ayudarlo. Le dijo que había una mujer de buen corazón destinada a él, pero que no la había reconocido en ninguna de las ocasiones en que se habían visto. El joven pensó en todas las princesas que conocía, tratando de recordar alguna que lo viera con amor. El dios rió secamente y le prometió una pista a cambio de su primer hijo o hija que naciera de aquella unión. El príncipe dio un paso atrás. Quería encontrar a la mujer de sus sueños, pero no estaba dispuesto a sacrificar a una criatura inocente. El dios vio entonces que era un buen hombre y le aseguró que nada malo sucedería, sino que le daría un lugar de privilegio. Si era una niña, la tomaría él mismo por esposa; si era niño, lo haría parte de su élite guerrera. El príncipe aceptó y entonces un remolino de agua salada lo envolvió y súbitamente se encontró de nuevo en la playa, frente al impetuoso mar. Se tocó las ropas, las sintió secas y se preguntó si aquello en verdad habría sucedido.
Regresó a su palacio muy confundido y una terrible fiebre lo tumbó en su cama por tres días en los que no dejaba de ver entre sueños un par de ojos color azul turquesa como jamás había visto antes. Al despertar de la fiebre, una criada apareció frente a él. Era joven y hermosa, con cabellos negros como la noche y ojos azules profundos como el mar que el príncipe reconoció al instante. Le preguntó qué hacía ahí y la chica respondió simplemente que ella trabajaba en palacio y le habían encargado cuidar del príncipe. La chica se había ruborizado hasta la frente. No se atrevió a decir en aquel momento que estaba enamorada desde hacía algunos años y que ella había pedido expresamente estar al cuidado durante la convalecencia. Ella sabía muy bien que no era noble ni rica y que solo podía aspirar a servirle con devoción. Bajó la mirada, llena de vergüenza. El príncipe, sin embargo, tomó su barbilla con dulzura y le pidió que lo mirara. Observó bien esos ojos y reconoció a la joven que le servía el desayuno desde hacía algunos meses. Recordó el rubor y reconoció el amor en aquellos ojos idénticos a los de sus sueños.
Poco a poco, se fueron acercando. Él le pedía que lo acompañara mientras leía, o cuando salía de caza. Se conocieron y se permitieron amarse, lejos de las miradas de palacio. Finalmente, el príncipe le pidió su mano en matrimonio y ella aceptó de corazón. Aunque el rey no lo aprobaba, veía a su hijo feliz como no lo había sido nunca y les dio su bendición.
Al poco tiempo nació una niña hermosa con los ojos más azules y más profundos que los de su madre, enmarcados por largas pestañas oscuras. Cuando vio esto el príncipe, su corazón se contrajo de tristeza. Esa niña sería la esposa del dios y nunca la volvería a ver. Así pues, decidió alejarla cuanto pudiera del mar.
La niña creció feliz y amada por sus padres, tuvo más hermanos y se convirtió a una princesa encantadora que cantaba como las sirenas y bailaba con la suavidad del agua. Ninguno de sus hermanos heredó aquellos ojos, ni aquel canto. Ella era my especial. Los sabios, sin embargo, la miraban con tristeza, pues intuían que aquella joya habría de morir siendo joven todavía.
El rey cedió el gobierno a su hijo y se dedicó a ser un abuelo cariñoso. La familia real era feliz. Sin embargo, llegó el día en que la princesa quiso ir al mar y su padre, contrario a su habitual actitud, se lo prohibió sin dar explicaciones a nadie.
La princesa creció entonces mirando siempre al mar por su ventana, cada vez más triste y melancólica. Un día, su madre le preguntó por qué ya no cantaba, ni bailaba ni reía y ella le respondió que se sentía sola y lejos de donde pertenecía. Su madre procuró calmarla diciéndole que ella pertenecía a ese reino, que era la hija del rey y que no tardaría en llegar a ella el amor. La princesa asintió y volvió su mirada a la ventana sin mostrar señas de haber encontrado un poco de consuelo en las palabras de su madre.
Con el tiempo, dejó de salir de su habitación y fue quedando claro que no sería ella una buena reina. Sus padres se entristecieron y sus hermanos la extrañaban. Estaba por cumplir veinticinco años, cuando su padre la encontró llorando en el jardín, sin que ella pudiera explicarle por qué. Simplemente, se sentía sola y fuera de lugar. No importaba cuánto la quisieran ahí, ni cuánto le recordaran quien era. Ella se miraba al espejo y no se reconocía.
Su padre la había alejado del mar, porque no quería obligarla a cumplir con un acuerdo en el que ella no había participado. Sin embargo, estaba seguro de que no estaba encontrando la felicidad en el castillo. Así que un día, reunió a su familia y organizó un almuerzo en la playa. Para sorpresa de todos, la princesa volvió a reír. Jugaba con las olas y cantaba con las aves.
Todos se fueron retirando a casa, pero ella no quería apartarse nunca de ahí. Su padre les dijo a todos que fueran a casa, que él la cuidaría hasta que quisiera volver. Su esposa, sin embargo, se quedó a su lado. Juntos, vieron a su hija danzar incansablemente con las olas.
Dio medianoche en el campanario del reino. Su suave eco llegó hasta la playa, donde los reyes se habían quedado dormidos y abrazados. Entre la espuma del mar apareció un joven. La princesa no se asustó, sino que lo recibió con estas palabras:
—¿Eres tú?
—Sí —respondió él con dulzura.
Ella se acercó. Donde ellos pisaban, las olas se volvían mansas y suaves. Ella no lo había visto nunca y, sin embargo, lo reconocía. Sus corazones latían al unísono en un vals que solo ellos podían escuchar. Bailaron juntos por una hora y entonces el joven se despidió besando la mano de la princesa. Los reyes despertaron entonces y vieron que el joven se perdía entre las olas como una ilusión.
Después de ese día, la princesa estuvo contenta por muchos días. Volvió a cantar, a bailar, a jugar con sus hermanos más pequeños y a participar en las fiestas. Todas las noches cantaba en su ventana viendo hacia el mar antes de irse a dormir.
Una noche, un sirviente vio que la princesa salía cubierta por una capa de viaje, así que corrió a avisarles a los reyes. Ellos la siguieron con sigilo, sabiendo en sus adentros adónde se dirigía su hija. Por supuesto, llegaron al mar. La Luna lo iluminaba todo con su luz plateada. El joven volvió a aparecer entre las olas, seguido de un séquito de gente hermosa y piel blanca como la luna. Le pusieron una corona de flores a la princesa y el joven se arrodilló frente a ella. El rey estuvo a punto de salir corriendo para impedir aquel enlace, pero se contuvo. Su hija era feliz de nuevo. Un anciano bajito y de larga barba blanca se puso entre los jóvenes y habló en una lengua que ningún hombre podría reproducir. Los rodeó con una cinta plateada y los bendijo con sus manos. La reina lloraba en silencio viendo aquella boda clandestina. Cuando los príncipes estuvieron a punto de meterse de nuevo al mar, la reina corrió a abrazar a su hija. El rey fue tras ella, tratando de mantenerse al margen.
—¿Eres feliz? —le preguntó la madre.
Su hija le dijo que sí con una gran sonrisa. Entonces, se despidió de ambos con un abrazo y se adentró a las aguas de la mano de su esposo. Este se volvió un momento hacia el rey y le agradeció por cumplir con su palabra. Los reyes vieron a su hija adentrarse en las olas que se volvían más y más grandes a su alrededor. Ella y todo el séquito se perdieron como espuma y los primeros rayos del Sol iluminaron a dos padres que se debatían entre la felicidad y la añoranza.

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