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Novela en desarrollo

Aquí iré publicando capítulo a capítulo, conforme voy investigando y creando. Puedes leer libremente cada uno, comentar y compartir. ¡También podrás ser de los primeros en comprar el libro completo en cuanto esté disponible!

Gracias especiales por las imágnes de uso libre en Pixabay de: billywatsrong y lavnatalia

Introducción

¿Por qué retomé los cuentos, historias antiguas, leyendas y mitos? Pues porque son más importantes de lo que creemos normalmente. Las historias transmiten mensajes a través de emociones y es por eso que siempre las han usado los gobernantes y ahora, los anunciantes. No sé si se han fijado, pero ahora muchos anuncios cuentan una pequeña historia que a veces no tiene nada que ver con el producto. Pero pues nos llega a las emociones y nos venden lo que sea.

Ahora, los cuentos de hadas y los mitos tienen otras funciones más importantes que vendenr perfume o coches. Hace relativamente poco tiempo descubrimos su importancia y cómo funcionan las historias en nuestra mente, especialmente cuando somos niños, que es una etapa donde pensamos de manera muy metafórica. Joseph Campbell, por ejemplo, estudió cientos de relatos del mundo y llegó a la conclusión de que, aunque hay simbologías diferentes, en todo el mundo podemos encontrar historias que hablan metafóricamente sobre el miedo, el amor, la muerte o la transición a nuevas etapas de la vida. En algunas culturas, por ejemplo, representan al mal con una serpiente o con un lobo. En otras, con un dragón o un duende. Y esto va a variar de cultura a cultura. En la India y México antiguos, por ejemplo, la serpiente en realidad representaba lo divino, lo bueno; mientras que en el pensamiento judío y cristiano, representa al mal. Pues esto es cultural.

Lo importante de todo esto es que las sociedades crean estas metáforas y las ponen en cuentos.¿Por qué? Pues por que las cosas que nos dañan no siempre van a tener el mismo aspecto. No siempre van a tener cara de lobo o de dragón o de asaltante o de profesor malvado. Siempre cambian. Sin embargo, la sensación que nos causan esas imágenes sí la podemos reconocer en momentos de peligro.

Si alguien en la calle me quiere convencer insistentemente en que lo acompañe a algún lugar, la alarma que se dispara en mí se siente muy similiar a cuando escuché la historia de Caperucita Roja, cuando era niña. El lobo le dice a Caperucita Roja que cambie su ruta para llegar a casa de la abuelita y ya desde ahí sabemos que algo malo va a pasar. Entonces, la imagen cambia, pero el sentimiento que nos genera es igual y ahí hay aprendizaje.

Así que, aunque no nos demos cuenta, La Caperucita Roja nos enseña a no hablar con extraños, Barba Azul nos enseña a no casarnos con un ricachón que no nos inspira confianza; y Pinocho, nos enseña a hacerle caso a lo que nos dicen nuestros papás. Porque si no, nos pasan cosas y pueden pasar cosas horribles.

Peeeero no todas las historias tienen sabiduría ancestral y maravillosa. Algunas transmiten la forma de pensar de personas de hace mucho tiempo y esas ideas no necesariamente son buenas para nosotros en la actualidad. ¿Por qué? Porque sí tenemos avances sociales muy grandes que no van a estar incluidos en esas historias. Algunos ejemplos:

 

…Y la Bella Durmiente esperó sumida en un profundo sueño a que la despertara el príncipe Felipe con un beso…

…Blancanieves parecía estar muerta, pero esperaba el beso de amor de su príncipe…

… Penélope tejía y destejía su prenda, esperando a que Odiseo regresara de la aventura…

…Y Rapunzel dejó caer su cabello, para que el príncipe pudiera subir a la torre y rescatarla…

 

Aquí las mujeres parecen ser las protagonistas, ¿no? Ellas tienen nombre, mientas que el príncipe pues es un príncipe genérico y ya… pero, aún con eso, las mujeres aquí son personajes pasivos que solo esperan. No hacen nada y entonces, pues tampoco aprenden nada. Pareciera que la mujer solo existe alrededor del hombre. Y esto, afortunadamente, ya no es así en nuestra sociedad.

 

Otro ejemplo que fue el que me inspiró a escribir este libro y confrontar ya como adulta estas historias:

 

11 Que la mujer sea sumisa y sepa aprender en vez de molestar. 12 No permito que la mujer enseñe ni que quiera corregir a su marido; que se quede tranquila, 13 pues Adán fue formado primero y después Eva. 14 Y no fue Adán el que se dejó engañar, sino la mujer, y por ella vino la desobediencia. 15 Se salvará, por supuesto, gracias a la maternidad, con tal de que lleve una vida ordenada, perseverando en la fe, el amor y la obra de santificación.”

 

1 Timoteo 2:8-15, La Sagrada Biblia

 

Fue aquí que pensé que muchas, probablemente, estamos viviendo la pesadilla de Eva. Si ella en verdad llegó a ser madre de todos nosotros, estoy segura de que no habría querido nada de esto. Y así se iba a llamar el libro (La pesadilla de Eva), pero al final, pensé en darle un sentido más positivo; digamos, no solo hacer la crítica, sino tratar de ir un poquito más allá.

 

Y ahí me acordé de Maurren Murdock. Ella escribió un libro en el que se basaron para crear  Valiente, la película de Disney, donde la mujer sí tiene un aprendizaje y se convierte en una heroína.

Y es que, cuando Maureen Murdock le preguntó a Jospeh Campbell sobre el rol de la mujer en los cuentos clásicos. Ese gran hombre, sabio, maravilloso, el mayor experto en mitología occidental… simplemente respondió que las mujeres no tienen viaje; ellas están ahí solamente para ayudar al héroe. Y ella se enojó e hizo su propia investigación al respecto hasta encontrar los trazos del viaje interno que vivimos las mujeres. 

Es sorprendente que en la modernidad incluso hombres letrados como él continúen pensando así de las mujeres, casi como si fuéramos un accesorio, en lugar de darnos el lugar que realmente tenemos como parte fundamental en nuestras sociedades.

Es triste, y los hombres tienen también su parte de discriminación, ya que son quienes -en general- desarrollan las labores más desagradables de nuestra sociedad: como trabajos nocturnos, de guardias, de barrenderos, de encargados de la basura, de soldados, de mineros… Tenemos mucho trabajo por delante en cuanto a equidad social.

Entonces, ¿por qué escribir este libro sobre las historias de las mujeres?

Porque me di cuenta de que, si bien la idea feminista suena ya a canción vieja, en realidad las mujeres todavía vivimos muchas formas de violencia dentro de nuestros círculos sociales: en la familia, con los amigos, en el trabajo, en la escuela, en las relaciones… Y luego, repetimos los patrones de violencia hacia los hombres, e incluso hacia otras mujeres. Y entonces la violencia no termina.

Y peor: pensamos que si no hay golpes, no hay violencia. O que algunas formas de violencia están justificadas. Y no. Merecemos un mundo de respeto, pero tenemos que crearlo.

Y es que, ¿qué historias les contamos a nuestras niñas? Pues las que escuchamos nosotras en nuestra propia infancia. Y les decimos una mentira grande como el mundo: que las mujeres estamos hechas para aguantar y que los hombres, pues ellos así son y ni modo. Pues no es cierto.

El verdadero amor existe. Los hombres buenos y de corazón noble son reales aquí y ahora. Pero todos tenemos que cambiar nuestros conceptos y una gran manera de hacerlo, es a através de confrontar estas historias que conocemos y empezar a contar otras.

Así que, este libro es una adaptación de historias clásicas en las que hago énfasis en estos conceptos que me escandalizan como mujer moderna; y en cambio, estoy escribiendo lo que yo creo que sería el verdadero sueño de Eva para todas nosotras: un sueño de amor, de respeto y de felicidad.

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Lilith - La pesadilla de EVA

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En el silencio de la noche, un solo haz de luz fue necesario para cortar aquel terciopelo que todo envolvía. Y unas manos cálidas trabajaron por seis días hasta el cansancio. Fue entonces que surgió el primer sentimiento en el mundo: la soledad. Aquellas manos tomaron el barro y moldearon a un hombre y a una mujer. Adán abrió los ojos y respiró por primera vez en cuando su nombre fue pronunciado. Lilith nació con los ojos ya abiertos, por lo que fue dotada con la más increíble característica: la curiosidad.

Ella miró a Adán de pies a cabeza, mientras él se ocupaba de escuchar las palabras de Dios, quien le decía que debía dar nombres a todo cuanto veía. Así, Adán, obediente, lo hizo. Como no había nada, todo era nuevo y sus nombres se plasmaron en las criaturas, los ríos y la luz. Ella, en cambio, escuchaba a los pájaros, sentía la suavidad el pelaje de los conejos y saboreaba el dulzor de los plátanos. Así, comenzó a ponerles apodos, para distinguir un árbol de otro, y a un canario de su pareja. Adán se indignó ante esto y probablemente esta fue la primera pelea marital del mundo.

Lilith no quería ceder, pero Dios había sido muy claro al encomendar aquella tarea únicamente a Adán. Este continuó su tarea, incansable, sin importarle que Lilith le pidiera que se sentara a su lado para mirar las estrellas o que le cantara una canción. Él solo tenía tiempo para la tarea de Dios.

Una mañana, Lilith se levantó con una sensación horrible en el centro de su pecho. No tenía un nombre, por supuesto, porque aparentemente, nadie lo había sentido antes. Era algo así como una estrella ardiendo con toda su potencia, rodeada de la oscuridad del cosmos y todo, sucediendo en un minúsculo punto entre los pulmones de la bella Lilith. Miró hacia el cielo azul, escuchó el cantar del río a sus espaldas. Sintió el calorcillo del sol en su piel desnuda. Todo era perfecto y, sin embargo, algo faltaba.

Se levantó del suave césped y caminó un rato, pensativa. A lo lejos, Adán continuaba su incansable labor. Lilith escuchaba vagamente sus palabras y podía sentir cómo reverberaban en el aire y le daban forma al mundo. Ella, en cambio, pensó que destinaría aquel día a vagar por el Paraíso, como siempre, sin nada real que hacer. Fue entonces, cuando sintió que Dios estaba cerca. Ella hincó las rodillas en la verde hierba y le habló.

—Querido Dios, por favor, dame algo que hacer.

Dios era inmenso y ella solo podía ver sus labios fruncidos, molestos ante tal descaro.

—Te he dado una misión, Lilith: Tú debes acompañar a Adán en su tarea.

Ella lo sabía, por supuesto, como se sabe todo en los sueños. Y, sin embargo, quería más.

—Pero quiero hacer algo diferente, algo único, algo que puedo compartir con Adán al final del día —insistió.

Dios, sin embargo, frunció aún más los labios y dijo una sola palabra.

—No.

Lilith volvió al lecho del río, cabizbaja, sintiendo que la estrella en su interior comenzaba a devorarlo todo. El sol ya casi se ponía y Adán caminaba sonriente y relajado hacia ella. Podía ver su satisfacción en cada fragmento de su piel, de sus ojos y hasta en su aroma. Él era feliz, realmente feliz. Cuando llegó a su lado, él tembién frunció los labios.

—¿Qué pasa? —Le preguntó él al tiempo que se sentaba en la hierba a su lado.

Ella se encogió de hombros. Con sus manos, arrancaba hojitas de pasto que tenía enfrente. Adán puso una mano sobre la suya para detenerla.

—Eso lo creó Dios y no debes destruirlo así.

Lilith asintió en silencio y soltó los pastos rotos que tenía entre sus dedos.

—¿Cómo se llama esto? —Le preguntó a Adán.

Este, se enderezó de nuevo, orgulloso, y le respondió:

—Se llama pasto … o césped. Todavía no me decido.

Lilith asintió de nuevo, pensativa, o mejor dicho, absorta en un denso silencio mental que le hundía cada vez más hacia aquella estrella devoradora de su pecho. Adán la miró, pero no tenía un nombre para aquello, así que simplemente recostó su cabeza en las suaves piernas de su compañera y le pidió que le cantara una canción para dormir. Lilith no tenía muchas palbras, salvo las que Adán había creado en aquellos días. Además, no quería expresar aquellas que comenzaban a formarse en su interior, por temor a que Adán o Dios mismo se enojaran de uevo con ella. Así, comenzó a tararear una melodía melancólica y suave como el atardecer que veía ante sus ojos abiertos.

Adán se reincorporó de repente y la miró a los ojos.

—Esa es nueva. ¿Dios te dio permiso? —Le inquirió él con la angustia reflejada en su frente fruncida y sus labios tensos.

Lilith se encogió de nuevo de hombros.

—No lo sé. No habla mucho conmigo.

—Será mejor que cantes la que inventé yo ayer —dijo Adán como si aquello fuera una garantía contra la ira de Dios.

En la mente de Lilith se formó entonces una pequeña nube.

—¿Dios te dio permiso de crear canciones?

Adán desvió la mirada al hablar aquella vez.

—Bueno, puedo crear las palabras que quiera y ayer que escuchó mi canción, no me dijo nada.

Lilith asintió en silencio una vez más y la nube de su mente comenzó a tornarse oscura.

—Bueno, lo siento. No recuerdo tu canción.

Pero Adán estaba de mejor humor ahora y se la cantó de nuevo. Lilith recordaba cada palabra de aquella canción, que era más como una cadena de palabras nuevas y alabanzas a Dios. Ella fingió dormirse a un lado. Una vez que Adán cerró sus ojos y cambió a una respiración más sosegada, Lilith se levantó y caminó por el Edén, a la luz de la Luna.

No sabía por qué se sentía así, ni qué nombre le pondría Adán cuando conociera aquel sentimiento. Mientras tanto, ella no tenía las palabras ni el derecho a crearlas. Aí que tarareó otra melodía, una tristísima que le surgía del pechoy le cubría el rostro con un suave rocío. La nube en su mente se hizo diminuta, la estrella en su pecho pareció perder fuerza y el aire en sus pulmones se volvió ligero.

Entonces, de entre la hierba salió una serpiente negra como la noche, brillante a la luz de la luna, con ojos amarillos como los de los gatos. A Adán no le gustaban ni las serpientes, ni la luna ni los gatos, por lo que había dejado que Lilith eligiera sus nombres.

—Hola —saludó ella a la serpiente con apenas un hilo de voz.

—Hola —respondió la serpiente—. ¿Por qué lloras?

—No lo sé —respondió ella sinceramente—. No pretendo hacer enojar a Dios, pero es que este Paraíso es…

—¿Insuficiente?

—Sí, creo que esa sería una buena palabra.

Entonces, ella miró a todas partes con pánico. No recordaba aquella palabra entre ninguna de las creadas por Adán.

—Sh… Te pueden escuchar —le advirtió ella.

La serpiente no respondió. Simplemente se enroscó en el regazo de la mujer. Luego, se deslizó por su pecho hasta el hombro. Ahí reposó su extraña cabeza y le preguntó.

—¿Eres feliz?

Lilith miraba a la luna y el silencioso panorama ante sí.

—No lo sé, pero sé que a Dios no le gustaría que se lo preguntara. No habla mucho conmigo.

—Bueno —dijo la serpiente—, pero es importante lo que tú te dices a ti misma y las preguntas que te hacces.

Lilith tomó a la serpiente con dulzura entre sus manos y la puso de nuevo sobre el césped.

—Lo siento, pero a Dios no le gustan mis creaciones, ni mis preguntas, y no creo que le gusten las tuyas.

Una luz pálida se asomó entonces por el horizonte.

—Será mejor que te vayas —le previno Lilith.

—Si un día necesitas hacer otras preguntas, llámame por mi nombre y vendré a ti —le dijo la serpiente antes de perderse entre las hierbas altas más adelante.

Lilith vio al sol alzarse ante sus ojos. Sabía que debería volver, pero no tenía ningún ánimo de hacerlo. Entonces, escuchó la voz de Adán, llamándola por su nombre a lo lejos. Tendría que haber ido a su encuentro, pero se sentía pesada y sin fuerzas. No había dormido en toda la noche. En aquel jardín idílico podría haber dormido a placer, pero, de alguna manera, sabía que eso no era lo que se esperaba de ella. Adán volvió a llamarla a lo lejos. Por el sonido de su voz, Lilith supo que no se había movido de su lugar, sino que continuaba llamándola sin moverse. Al fin, Dios bajó del cielo.

—¿Qué ocurre aquí? ¿Qué son esos gritos? —Tronó él desde las alturas.

Lilith sintió que el estómago se le encogía, y corrió a su encuentro. Llegó justo a tiempo para escuchar cómo Adán la acusaba con su creador.

—No encontraba a Lilith, mi Señor.

—Aquí estoy —dijo ella en un susurro apenas audible.

—¿Dónde estabas? —Preguntó Dios.

Lilith comenzó a retorcerse uno de sus rojos mechones de pelo con nerviosismo.

—Estaba por allá, bajo el árbol de duraznos.

—¿Y por qué no venías cuando te llamé? —Preguntó Adán.

Lilith no quería responder aquella pregunta, por lo que premaneció en silencio, mirándose los pies.

—Di la verdad —la urgió la voz de Dios.

Ella tomó aire y alzó la vista hacia él. Solo veía sus labios tensos, espectantes.

—No tenía ganas —soltó ella, desafiante.

El cielo resplandeció con un trueno imponente.

—Lilith, eres incorregible —tronó Dios en las alturas—. Te di un mundo perfecto, te entregué a Adán para que te guíe y te cuide, tedi la tarea más simple de todas y asún así, eres insaciable, curiosa y desobediente.

—¿Y qué hay de mi libertad? —Preguntó ella con voz firme, sin dejar de mirar a las alturas.

Aquella palabra se había deslizado en sus labios de manera natural, había surgido en su garganta y se había sellado en aquel mundo nuevo sin remedio. Ahora la palbra existía, sin el permiso de nadie más.

—¿Cómo te atreves? —Rugió Dios—. Lilith, no tienes más lugar aquí.

Una mano inmensa se acercó a ella para destruirla, pero se detuvo ante la mordida de una serpiente negra que se había interpuesto entre la mujer y la deidad.

—¡Tú! —Bramó Dios— Tú has caído de mi gracia para siempre. No tienes ningún permiso de estar aquí.

La serpiente iba a hablar, pero la mano ya iba hacia ella.

—Perdí mis alas hace tiempo —le dijo la serpiente a la mujer—, pero si de verdad crees en tus palabras, podrás salir de aquí.

Lilith sintió cómo le crecían un par de alas blancas, suaves y fuertes. Tomó a la serpiente entre sus manos y alzó el vuelo. Fuera del Edén, el mundo era oscuro, agreste y desordenado. Sin embargo, a medida que se dirigía hacia él, podía sentir que la estrella en su pecho crecía y giraba con toda su fuerza. Adán le gritaba desde el verde suelo.

—¡Eres mía! ¡No puedes irte así!

Justo antes de llegar al mundo, ella sintió un rayo ardiente entre sus alas, era la maldición de Dios. Su cuerpo entero ardía y se transformaba, su voz se perdía en un grito animal, toda ella se encogía y sus ojos se agrandaban. Al sobrevolar un lago, miró su reflejo. Ahora era un ave de rostro plano, ojos grandes, alas blancas… un ave que sería conocida coo lechuza en adelante.

Descendió hasta una rama seca y depositó ahí a la serpiente. Ambos miraron al cielo y maldijeron a su creador con una nueva palabra que jamás podrían pronunciar con voz humana: odio.

Lilith abrió la boca y gritó con todas sus fuerzas hacia el cielo. En ese momento, otros ojos femeninos se abrían en el Edén.

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Eva - La traición de Dios

Un grito, probablemente, de una lechuza… un bufido de serpiente… . Sonidos de la noche, luz de luna. Una mujer ardiendo, unos ojos curiosos que se llenan de lágrimas.

Eva despertó con la sensación de haber soñado, incluso antes de habre sido creada. Dios la mostró a Adán y le dijo:

—Esta es Eva y será tu compañera. La he creado de tu costilla, para que puedas protegerla, amarla y guiarla en la vida. Y recuerden: Pueden comer cualquier cosa del jardín del Edén, excepto de los frutos del COnocimiento del Bien y del Mal… o morirán.

Eva parpadeaba lentamente. Buscaba el origen de aquella voz inmensa qu eparecía venir de todas partes. A su lado estaba Adán, quien ya hablaba, caminaba y dominaba todo en aquel jardín. Las palabras se arremolinaban en la cabeza de la mujer al tiempo que Adán le mostraba el mundo y le mostraba, orgulloso, todo aquello a lo que él había dado nombre.

—Veo qu eno hablas mucho —dijo Adán después de medio día caminando y mostrándole el mundo.

Ella parecía absorta aún. Olía las flores, sonreía ante el trino de los pájaros, sentía la suavidad del césped bajo sus manos y, al parecer, disfrutaba de aquel mundo con una inocencia similar a la de los conejos que correteaban alegres por ahí. Adán estaba satisfecho con aquella mujer dócil y hermosa que era ahora su compañera. Todo lo anterior se borró de su mente como un sueño hecho de polvo que se dispersa con el vientecillo de la mañana.

Sin embargo, Eva no tardó en dominar el lenguaje, en memorizar las palabras conforme Adán las creaba y en trenzarlas en cortas historias que relataban sus días en el Paraíso. Esto, al principio, inquietó un poco a Adán, al recordar borrosamente algunas de las actividades creativas de su antigua compañera. Tenía miedo de que Dios volviera a enojarse y que la armonía de su mundo se perdiera. Mas este miedo no escaló más allá durante muchos, muchos días. La verdad era que Eva era todo cuanto había deseado, aun sin saberlo. Su piel era suave, su voz era dulce y sus palabras jamás lo contrariaban.

Es así como sucedió lo más insólito en aquel mundo perfecto. Una tarde, una serpiente roja se acercó a Eva y le susurró al oído.

—Eva, ¿por qué no comes del fruto de aquel árbol?

Eva miró en la dirección en que señalaba la serpiente con la cabeza y reconoció al instante aquel árbol prohibido por Dios.

—Está prohibido —dijo ella simplemente al tiempo que regresaba su atención al curioso trébol que tenía entre las manos.

—¿Por qué? —Insistió la serpiente.

Eva guardó silencio un momento. La verdad es que no tenía idea de las razones para aquella prohibición. Estrujó su cerebro cuanto pudo. Aquel día en que fue creada, había sido la única vez que había escuchado hablar a su creador y las palabras se enredaban en sus recuerdos. Un momento más tarde, sin embargo, creyó recordar algo más.

—Si comemos de ese árbol, moriremos —le respondió a la serpiente, como quien le explica algo obvio a un niño iluso.

La serpiente, sin embargo, parecía haber pensado en aquello mucho más tiempo que Eva. Se deslizó por un costado y se acercó a su otro oído.

—En este lugar perfecto, no pueden morir. ¿Sabes lo que es la Muerte, hermosa Eva?

Ella miró a la serpiente, confundida. La verdad es que no estaba segura de lo que significaban aquellas palabras.

—No lo sé —convino ella después de un rato de pensarlo severamente.

—Bueno —explicó la serpiente—, es el árbol del conocimiento. Si comieras tan solo uno de aquellos frutos, podrías saber eso y mucho más. Lo que pasa es que Dios no quiere que lleguen a saber tanto como él. Digamos que los prefiere en la ignorancia.

—¿Por qué? —Soltó ella.

—No lo sé. Todas las respuestas están ahí.

Eva se levantó entonces y caminó hacia el árbol mencionado y observó todo cuanto pudieron percibir sus sentidos. No era un árbol especial, al menos visualmente; tampoco olía diferente ni sus hojas se mecían al viento con algún sonido especial. Tocó el tronco y comprobó que era firme y seco como muchos otros de por ahí. Sin embargo, estaba segura de que los frutos eran lo sque había prohibido aquella voz cuando ella había llegado al mundo. Eva estiró uno de sus brazos hasta uno de aquellos jugosos frutos y este cedió al más leve contacto, cayendo al instante en el hueco de su palma. Ella lo olió y su boca salivó al instante. Desprendía un aroma irresistible.

Ahora bien, Eva era curiosa por naturaleza. Así la habían creado, de manera que se maravillaba por absolutamente todo lo que hacía su compañero. Sin embargo, en este momentto, su curiosidad la estaba llevando por un camino peligroso. Podía sentirlo en la espina dorsal, en el temblor de sus manos, en el aroma exquisito de la fruta. Dejó esta en el suelo y se dio media vuelta.

—No lo sé —le dijo a la serpiente—. No creo que esté bien.

La serpiente asintió levemente con la cabeza.

—Entiendo, entiendo. No te preocupes. La próxima vez que hables con Dios, pregúntale.

Y se fue.

Eva estuvo de acuerdo en que aquello sería lo más sensato. Esperó días, meses, años, una eternidad. Pero Dios no volvió a aparecer por ahí. Ni su voz, ni ninguna otra señal que Eva pudiera reconocer. Una tarde, luego de que Adán le contara su día y ella lo escuchara con asombro, surgió la duda a sus labios, aquella que tanto la inquietaba.

—¿Has escuchado a Dios últimamente?

—¿Qué quieres decir? —Preguntó él con el ceño ligeramente fruncido.

—Digo que si le puedes hacer preguntas o si viene de vez en cuando para hablar contigo.

Adán lo meditó un momento, luego del cual, se encogió de hombros.

—Creo que no. Aquí todo es perfecto y no hay razones para que venga.

—Es que yo tengo una pregunta. Un serpiente me dijo hace tiempo…

Pero Adán la interrumpió.

—Jamás hables con las serpientes.

Eva lo miraba parpadeando, sorprendida ante aquella reacción tan brusca e inesperada.

—¿Por qué no? ¿No las creó Dios?

—Claro, pero son malvadas y te meten ideas peligrosas.

Peligrosas. Ahí estaba de nuevo la palabra y la sensación interna, la alarma indescifrable. Eva no dijo más aquella tarde, pero las preguntas rondaron su mente por un par de eones más. ¿Dios era capaz de crear maldad? ¿Para qué lo hacía? ¿Y por qué ella tenía aquella curiosidad insaciable? ¿Eso también lo había puesto Dios en ella? ¿Era mala al querer comer de un fruto prohibido, cuando simplemente seguía los instintos que le habían sido otorgados por su creador? ¿Era mala? ¿Podía serlo?

Una noche en que el sueño escapaba de ella sin remedio, se levantó y caminó por el jardín. Por primera vez, tenía la sensación de que tenía que existiar algo más, mucho más en el mundo y que aquello que tenía ante sí no era suficiente. Miró a la Luna y entonces se encontró de nuevo con la serpiente.

—¿Has podido hablar con Dios? —Le preguntó esta en un siseo.

—No, pero la verdad es que no sé cómo llamarlo.

La serpiente asintió y se alejó de ahí sin decir más. Eva miró al cielo. Imaginó que quizás Dios también durmiera, por lo que caminó sin detenerse hasta que volvió el alba. Entonces, con voz clara, llamó a Dios, pero él no se presentó. Eva volvió a llamarlo, sin obtener resultado alguno. Entonces, se dio cuenta de que no conocía su nombre. Estaba segura de que Adán lo llamaba simplemente Dios, por lo que, probablemente, él tampoco lo sabría.

A medida que pasaba el tiempo, Eva se llenaba de más y más preguntas, entre ellas, la de si podría responder algunas comiendo de aquellos frutos maravillosos y prohibidos. A menudo observaba a los animales. Estos eran siempre los mismos y no variaban nunca sus rutinas. El agua corría, pero ella nunca había podido ver dónde empezaban los ríos ni dónde terminaban, como si fueran algún misterio indescifrable. Misterio. Era otra palabra que Adán consideraba peligrosa. Entonces, pensó en su compañreo. Él tampoco parecía variar su rutina y, sin embargo, lo había visto vagar desanimado algunas veces. Se preguntaba si él también se aburriría y si aquella sensación de insatisfacción lo corroería alguna vez como le pasaba a ella. Había tratado de preguntarle unas mil veces, pero sabía que una pregunta así los llevaría de nuevo a hablar de Dios, y si algo había aprendido, es que Adán tenía pavor de juzgar cualquier acción de este.

Era eso, el miedo en los ojos de Adán, eso era justo lo que la detenía. Dios era su creador y era bueno, pero Entonces, ¿cómo podían tenerle tanto miedo? ¿Por qué no podían verlo a menudo? ¿Por qué nunca había hablado directamente con ella?

Entonces, eones más tarde, se decidió. Dios no aparecía nunca y tal vez ella podría aprender más de la vida y de la llamada muerte. Así, se acercó al árbol y comió uno de sus exquisitos frutos. En ese instante, el cielo se oscureció y truenos temibles parecieron romper el cielo. Adán se acercó corriendo y la vio todavía masticando. Le arrebató el fruto en un rapto de miedo y de enojo.

—¿Pero qué has hecho?

—Ahora entiendo —dijo ella—. Entiendo un poco más, sobre el día y la noche, el hombre y la mujer, el nacimiento y la muerte. Son dualidades, Adán. Dualidades que dan movimiento y vida. No hay vida en el estatismo, ¿entiendes?

Por supuesto, Adán no entendía nada, a pesar de que conocía todas aquellas palabras pronunciadas por su compañera. Ella lo urgió a comer del fruto, a lo que él accedió con un mordisco. El jugo de la fruta inundaba todos sus sentidos y se mente comenzó a clarificarse, como si hubiera estado caminando dormido hasta entonces. Un trueno del cielo lo iluminó todo con su luz blanca, cegadora, y una voz iracunda les habló.

—¡Les dije que estaba prohibido!

—¡Dios! —Gritó Eva, emocionada—. ¡Qué gusto escucharte! ¡Tengo tantas preguntas!

Pero ya era tarde. Adán vio las manos inmensas acercarse y supo que no había marcha atrás. Se echó al suelo y le rogó por su perdón.

—¡Me has desobedecido, Adán! Te has corrompido por culpa de tu compañera y ahora los dos sufrirán en el Mundo. Jamás podrán regresar aquí.

—¡No! —Gritó Eva—. Por favor, ha sido apenas el primer error. Por favor, explícanos.

Pero no hubo más tiempo. Aquellas manos gigantesacas los echaron del Paraíso. Ambos cayeron sobre la tierra seca y sintieron dolor en sus cuerpos por primera vez en su existencia.

—Adán, vivirás gracias al sudor de tu frente y tú, Eva, parirás con dolor. Ahora podrán vivir y también morir. Jamás regresarán al Edén.

—¡No! ¡Espera! —Gritaba Eva desesperada. Era su oportunidad para preguntarle tantas cosas y, sin embargo, ya no había tiempo. Vieron el jardín alejándose, perdiéndose en la niebla, así como Dios, su voz, sus manos, los truenos y todo rastro de su existencia.

Adán estaba hincado todavía en el suelo, inmóvil. Repetía “perdón” una y otra vez, en un susurro casi inaudible. Eva se acercó a él y le puso la mano en el hombro. Él se volvió a ella con un gesto de repulsión en el rostro.

—Es tu culpa —le dijo.

Ella dio un paso atrás.

—Yo solo quería…

—No importa —la interrumpió él—. No importa. Ahora, deberías cubrir tus vergüenzas.

Él mismo tomó una hoja de parra y se cubrió la zona de la ingle. Ella lo imitó, temblando.

—¿Por qué? —Se atrevió a preguntarle.

—Porque somos diferentes y me da vergüenza que nos miremos así.

Y se alejó, caminando con los hombros tensos y la mirada agachada. Eva lo siguió, pues no conocía el mundo y le daba miedo quedarse sola. Adán lo le hablaba, lo que en contraste con la voz de trueno de Dios era una especie de alivio, pero ahora ella se sentía completamente perida y muy sola. Las lágrimas zurcaron sus mejillas, silenciosamente, mientras buscaban un refugio para pasar la noche.

Medusa - La impotencia

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as lágrimas corrían ardientes por sus mejillas. ¿Qué había pasado? ¿Y cómo es que los dioses lo habían permitido? Pero ella sabía muy bien la respuesta: Había sido un dios el culpable de aquello, pero ¿quién le creería?

Podía sentir la piedra bajo sus manos, bajo sus rodillas adoloridas. En vientre tenía ahora la semilla del dios. Todo su cuerpo le dolía de diferentes maneras por la batalla y por el ultraje. Su hermosa cabellera, envidiada por tantos, estaba enredada, sucia, húmeda de lágrimas. Alzó los ojos hacia la diosa de piedra que tenía ante sus ojos.

—Atenea —dijo ella en un susurro.

Un viento helado recorrió el templo con tal fuerza que casi apaga las antorchas de aceite que había en el altar y a los largo de los pasillos laterales. Medusa se volvió a tiempo para ver cómo, tras una luz extraña, aparecía Atenea misma ante sus ojos.

Medusa hizo un esfuerzo por levantarse. La tela de su ropa estaba rasgada de los hombros debido a la pelea previa y, más abajo, en la parte posterior, había manchas de sangre virginal. Procuró acomodarse un poco la ropa, se alisó el cabello con las manos, se secó las lágrimas de las mejillas. ¿Qué pasaría ahora? Era una sacerdotisa ultrajada. Ya no tendría lugar en el mundo… a menos que…

—¿Atenea?

La diosa la miraba en silencio, sin mover un músculo. Su ropa era la de una guerrera, sus labios, los de una sabia. Medusa podía sentir un nudo en la garganta. Quería llorar, arrojarse a sus pies y pedir clemencia, pero la vergüenza la mantenía de pie, inmóvil, con la cabella gacha.

Finalmente, la diosa habló.

—Has deshonrado tu investidura sacerdotal —dijo ella con voz fría.

—Ha sido Poseidón, mi Señora —respondió Medusa al tiempo que un par de lágrimas escapaban a sus ojos.

—Has profanado mi templo —continuó la diosa, imperturbable.

—Me he rehusado cuanto he podido.

—Tú lo has atraído con tu belleza y descaro.

—No, no es así —suplicó Medusa al borde del llanto—. Me consagré como una de tus sacerdotisas justamente para ocultarme de su mirada.

Medusa se tocó los brazos donde ya comenzaban a formarse moretones.

—Te maldigo en este momento. Nunca volverás a mirar a los hombres a los ojos, porque al hacerlo, los convertirás en piedra, irremediablemente. Tus cabellos serán ahora serpientes y no volverás a conocer la felicidad. Ahora, sal de mi templo, y no vuelvas.

La diosa desapareció en un instante, tan súbitamente como había aparecido. Medusa alzó un brazo hacia ella y las palabras se apagaron en su boca al igual que las antorchas se habían apagado con aquella última ventisca. Entonces, Medusa comenzó a tener una sensación extraña en su cabeza. Tenía pavor de comprobarlo, pero tenía que hacerlo. Llevó sus manos temblorosas hacia su cráneo. Antes de tocar las serpientes, había podido escuchar sus silbidos. La lengua bífida y vacilante de una le acarició los dedos. 

Le repugnaban. Podía escuchar sus movimientos, sus siseos, sus lenguas bífidas oliéndolo todo. Sentía su piel fría en el cuello y los hombros. Su hermoso cabello se había ido para siempre y en su lugar tenía ahora a aquellos seres que se arrastraban y que quizás podrían morderla en dado momento.

Tenía la ropa sucia, el cuerpo a dolorido y el corazón inundado con una mezcla de culpa y rencor. ¿Cómo era eso posible? ¿Atenea buscaría a Poseidón para castigarlo con igual dureza? No, ella bien sabía que no. Había escuchado que los dioses eran crueles y traicioneros, pero ella había confiado en una diosa sabia y aguerrida para que la proteegiera y, en su lugar, la había castigado sin considerar que era ella la víctima, no una instigadora.

Un viento frío entró al templo. Con las antorchas apagadas, la temperatura había descendido considerablemente. Afuera, el sol estaba cayendo, por lo que el templo fue quedándose en las sombras rápidamente. Medusa se abrazó con fuerza y permitió que salieran al fin todas sus lágrimas, de vergüenza, de dolor, de ira, de rencor, de impotencia…

Una lengua bífida le tocó suavemente la mejilla y ella pudo sentir el consuelo que trataban de darle, una tras otra, las serpientes de su cabeza. Alzó los brazos hacia ellay sintió cómo se restregaban contra ellas, cómo le tecaban con sus diminutas lenguas, cómo, en fin, la reconfortaban. Su maldición podía tener un pequeño rayo de luz. Jamás volvería a mirar a sus semejantes para evitar matarlos, pero tampoco estaría completamente sola.

Aprovechando la oscuridad de la noche y la soledad de la villa en aquel momento, Medusa tomó el camino hacia el exilio. Recorrió las calles que ahora conocía muy bien y se despidió en silencios de cuantos había conocido ahí. Evitó pensar en lo que la gente contaría sobre su historia. Bien sabía que las mujeres rara vez tenían las de ganar en aquellas tierras.

Justo al subir la última colina, echó un último vistazo a la ciudad y continuó su camino. Con un último suspiro, dejó atrás toda su vida anterior y caminó de frente hacia su futuro.

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