La mayor traición
- Joanna Ruvalcaba

- 1 jul 2022
- 3 Min. de lectura
Soñé que moría,
mi alma del cuerpo
lentamente se desprendía
como una pluma al leve viento.
Familia, amigos y colegas
me lloraban
y pude ver en mí
reflejados sus miedos.
Así como en la vejez
fui perdiendo los sentidos
hasta quedar en la nada,
esperando mi juicio.
Creí ver a Dios, enorme,
en un trono y en su mano un cetro.
Esperé en vano su sentencia,
pues solo me dio su silencio.
Supe entonces que había sido hipócrita,
que siempre hubo una excusa,
que siempre encontré disculpa
a mi cinismo.
No tuvo que decir nada,
yo misma lo supe todo.
Vi en sus ojos el mudo juicio
que hacía de mis vicios en la vida.
Sentí hervir mi cabeza
y me llenó la ira.
Mi vida fue hipócrita,
pero humana.
¿Qué podía saber él,
siendo eterno,
lo que es para un humano
el tiempo?
¿Qué podía saber él,
siendo omnipotente,
lo que es enfrentar
los propios límites?
¿Qué sabía él de amar
a otro egoísta,
de descubrir un camino,
de pagar por una vida?
¿Qué podía saber él lo que es ser humano?
¿Cómo podría un ser así
entender lo que es la pérdida
y tener los días contados?
Sí, admito que le grité
esta y otras injusticias
y, llena de soberbia,
le di la espalda al dios de mis plegarias.
Todo desapareció
sumido en las sombras
y un ser inefable se adelantó,
riéndose de mí con sorna.
Era el Diablo.
Lo supe
y tuve miedo
de su risa,
de sus ojos,
de su boca.
Me llenó la vergüenza
al saber que su risa
era mi condena.
Porque no existe la injusticia
en una vida tan plena,
tan llana, tan normal,
de trivialidades llena.
¿Que fui buena?
Fui orgullosa.
¿Que fui generosa?
Fui ególatra.
¿Que fui heroica?
Fui presumida.
¿Que fui amorosa?
Fui mendiga.
Y su risa lo llenaba todo
y mi llanto no limpiaba nada.
Vete, le dije,
acepto la condena;
acepto el miedo, la culpa
y la vergüenza.
Y entonces se fue
negando que fuera eterna.
Me quedé a solas entonces
esperando sin saber qué.
¿Esa era, en verdad, mi penitencia;
ese, el juicio; aquel, el juez?
Pensé entonces en el sinsentido
que era aquello.
Dios no permitiría
me juzgara alguien menor a él.
Ambos eternos se habían ido
y yo me senté a esperar una conclusión.
La eternidad no podía ser aquel vacío,
ni el juez un ser sin compasión.
Para mi horror y sorpresa,
alguien más apareció,
un tercer juez vino
al que reconocí, pues era yo.
¿Quién mejor podía entender
mi dolor y mis batallas?
¿Quién más sabía
lo que arriesgué y lo que perdí?
Quise darle la mano
y no pude.
Miraba al suelo,
lloraba en silencio,
y yo
lloré con mi reflejo.
No pude entregarle cuentas
a un ser eterno,
no pude aceptar el juicio
de uno cruel.
Pero ahí, enfrente mío,
estaba el único
y verdadero juez.
Se fue haciendo joven
y luego pequeño;
en mis brazos
cargué al bebé.
¿Adónde fueron mis sueños?
Me preguntó sin verme.
Los vendí por ideas,
le contesté.
¿Dónde quedó nuestro hogar?
Lo dejé por conseguir
una casa que llenara
mi avaricia comprada.
¿Dónde está nuestro amor?
Lo escondí en un cofre
para protegerlo de la gente,
pero se secó.
¿Y la risa?
La apagué con mil prejuicios,
como la nieve al fuego.
Cuando apareció la riqueza,
brotó mi codicia;
cuando vislumbré el futuro,
empaqué mi ambición;
cuando apareció el amor,
me armé de soberbia;
cuando caí,
me llenó el rencor.
¿Por qué no luchaste de nuevo,
por qué te dejaste cegar?
¿Por qué no te anclaste
a lo más simple:
el amor y la verdad?
Porque no pude,
porque fue difícil,
porque de cuanto necesité
nada había...
Pero miento.
No volví a ninguna batalla
porque al verme en el suelo
dejé ir el valor.
Yo sabía qué quería,
pero escuché a la complacencia;
yo pude haber luchado,
pero me aferré a la comodidad;
yo pude haber hablado,
pero me calló la conveniencia;
y cuando tuve una nueva puerta,
el miedo la cerró.
Este mensaje no es nuevo,
mil voces lo pregonan,
mil veces lo alabé,
pero ¿cuándo se convirtió en actos?
Esa fue la peor derrota,
el más justo balance,
el más claro espejo
de mi más vil traición
a la única persona
que debí haber escuchado
y a la única
a la que le debo algo:
Yo.
Ahí terminó el sueño.
Joanna Ruvalcaba
Ciudad de México, 7 de agosto de 2019.

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